La ansiedad y la necesidad de llenar un gran vacío marcaban un momento. La tristeza provocada por una búsqueda incesante de palabras robadas de un viejo sabio de alto contenido de verdad. Una carrera constante sin mirar hacia una ciudad de distancia infinita, claro nunca la encontré, claro enloquecí. Tanto desear llegar a la ciudad Esperada. Apresurada, con una ilusión de festejo, un final super imaginado, creado por varias miradas a una misma realidad, por la exigencia, por la astucia y cobardía de alguna parte de mí. Asfixiada por gritos de obligación y responsabilidades. La culpa y el miedo empujaban mis piernas, no existía la posibilidad de observar el paisaje.

Pude hasta quitarme el sombrero en medio de la desesperación, una señal como una placa de asfalto sobre un camino de tierra, indicaba un programado descanso, exigía una parada, un alto a disfrutar. Campos verdes alrededor de mi, flores amarillas y un cielo celeste libre de nubes. El Sol estaba allí también marcando el día. El aire cómodo y limpio entraba a mi cuerpo de manera tan natural acompañando la quietud de kilómetros. La respuesta estaba en un arroyo que fluía libremente y se atrevió a cruzar mi camino, cuando lo vi me descubrí. Me reflejó mi verdad, YO.